• Federico Ulloa

“El poder de las palabras… me devolvió la vida”

Actualizado: jul 21


Han pasado un par de semanas desde que vivimos la experiencia más dura desde que lucho contra el cáncer desde hace más de 5 años. La ileostomía que me practicaron hace cuatro meses es muy alta, no alcanzo a absorber los minerales y electrolitos que mi cuerpo necesita para sobrevivir. Así que para llevar una vida más o menos activa, debo ir dos veces por semana al centro de cuidados paliativos de la Fundación Santafé para recargarme. Además, necesito evitar al máximo la sala de urgencias de las clínicas para reducir el riesgo de contraer Coronavirus.


Buscando opciones para mejorar mi nivel de energía, porque en general estoy muy débil, me recetaron otro medicamento. Éste solamente puedo ingerirlo una vez al día, porque me descompenso completamente. Después de hacerlo por primera vez, me empecé a sentir muy mal, casi sin fuerza, cada día más débil, ni siquiera era capaz de pararme de la cama. Hasta que un sábado, a medio día, le dije a mi esposo que me llevara a la clínica. Creo que esas fueron las últimas palabras que pronuncié.

"Todos empezaron a gritar, no sabían qué hacer… parecía muerta"

Me desmayé, casi sin signos vitales y con muy poca respiración, mi hijo mayor tuvo que llevarme cargada al carro. Cuando me sentó en la silla, había momentos que no respiraba, me tenían que mover para que reaccionara. Todos empezaron a gritar, no sabían qué hacer… parecía muerta. Fue un momento de caos que duró algunos minutos: todos gritaban, daban diferentes ideas, en fin una situación de verdadera crisis. Mis hijos tomaron el control, el mayor para manejo del carro y el menor en la parte de atrás, conmigo en la silla consintiéndome y llamándome constantemente para que reaccionara y pudiera respirar. Mi esposo iba al lado muy deshecho. Manejaron rápidamente y en 8 minutos estábamos en urgencias de la clínica Marly de Chía.


En la casa habíamos dejado a mi mamá, mi hermana y la novia de mi hijo mayor, Isa. Ella se hizo cargo de la situación, las montó en el carro y salió también para la clínica. Mi mamá estaba muy trastornada, no quería que me llevaran porque pensaba que ya había muerto.

En cuanto llegamos a la clínica, mi hijo parqueó casi en el lobby; se inició de nuevo el caos.


Todo eso me lo contaron ellos porque yo seguía totalmente inconsciente. Salió la jefe de urgencias, les dijo que la situación era muy grave, me evaluó muy rápidamente y les sugirió que se despidieran, mis signos vitales eran débiles, mi presión arterial era 20/40 y tenía mucha dificultad para respirar. Me atendieron inmediatamente.


La doctora llamó a Juan, mi esposo, para contarle de mi estado: iban a hacer todo lo posible para salvarme excepto entubarme; y él estuvo de acuerdo. Varias veces habíamos conversado sobre este escenario; la idea sería hacer todo lo posible frente a una situación crítica, excepto ponerme asistencia artificial. No lo quiero para vivir, si fuera necesario, quería decir que mi momento ya había llegado.


Aquí es donde les comparto la experiencia más sorprendente que tuve. Estaba totalmente inconsciente y no sentía nada, no sabía qué estaba pasando. Pero hubo un momento en que, a pesar de mi estado, empecé a escuchar voces conocidas, escuché a cada uno de los miembros de mi familia: a mis dos hijos, a mi esposo, a mi mamá y a mi hermana. Los escuchaba llorando, cada uno se acercaba y me daba palabras de aliento, me decían que si era momento de descansar, lo hiciera.


Empecé a pensar que algo diferente me estaba ocurriendo, porque se estaban despidiendo, y lo más extraño es que podía escuchar claramente cada uno de los mensajes. Eso me dio mucha paz y serenidad, me sentía flotando y muy tranquila.

Marcela, lucha, ¡pero lucha ya!

Al cabo de un rato (no sabría decir cuánto tiempo fue), volví a escuchar a cada uno, pero su mensaje había cambiado. Ahora todos me decían que luchara. Empecé a escuchar a mi mamá: “¡Lucha!”. Mi esposo me dijo de una forma muy contundente: Marcela, lucha, ¡pero lucha ya!


Algo pasó dentro de mí, creo que lo que escuché me llegó al corazón, al alma, y mi cuerpo empezó la batalla… después de eso volví a perder el sentido. Estuve inconsciente, sólo dormí y no recuerdo más que esas palabras. Supongo que me dieron la fortaleza y la energía necesaria para que mi cuerpo tratara de recuperarse como fuera. El poder de lo que oí hizo un efecto casi milagroso en mi cuerpo.


Los doctores y enfermeras hicieron todo lo que pudieron para salvarme, fueron maravillosos, se comportaron de una manera muy humana con mi familia. Estaban devastados, y los apoyaron durante todo el proceso, por eso estamos muy agradecidos con todos ellos.

Al cabo de 4 días me desperté totalmente desorientada, no sabía dónde estaba, qué había pasado, en fin, no recordaba nada. Lo único, fueron esos dos momentos donde mi familia se comunicó conmigo. Empecé a reaccionar y a mejorar cada día un poco más, después de 8 días pude salir de la clínica.


Lo que entiendo que tuve fue un shock anabólico; la recuperación ha sido muy lenta, salí muy débil, sigo yendo dos veces a la semana a cuidados paliativos. Cuando me ponen los electrolitos, recupero algo de energía, aunque sigo muy débil, peso 39 kg y soy una mujer que mide 1.78 cm. Cada día que pasa la ileostomía drena mis electrolitos, me voy debilitando y apagando poco a poco, hasta que me vuelven a recargar. Se supone que, con el paso del tiempo, mi pequeño íleon va a ir aprendiendo a absorber más nutrientes, pero creo que pasará mucho tiempo para eso.


Por ahora, para fortalecerme hago pequeños proyectos diarios: arreglar un closet, bañarme sola, organizar una parte de la casa…, pequeñas cosas que me permitan moverme con un propósito y así ejercitar mis músculos de alguna manera.


Mi cabeza y mi mente están perfectas, sigo trabajando en mi empresa de capacitación: generando nuevas estrategias de mercadeo, ideando nuevos productos, buscando oportunidades para salir adelante en esta pandemia. El apoyo de mis socios ha sido esencial y les agradezco enormemente todo su cariño y acompañamiento. Esto me mantiene muy viva, porque me encanta lo que hago. Me da mucho sentido de vida, pensar que a través de nuestras capacitaciones ayudamos a que las personas sean mejores para comunicarse, ser más productivos y convertirse en mejores líderes.


Los doctores dicen que fue un milagro mi recuperación. Yo continúo muy agradecida de tener más posibilidades de vida para seguir compartiendo con mi familia y amigos.


Después de esa experiencia tengo varias reflexiones


  • La importancia del poder de las palabras y especialmente cuando las dicen tus seres más queridos; llegan a tu corazón y a tu alma, y son capaces de movilizar todo un organismo para lograr algo.

  • Me gustó que mi familia se hubiera despedido, sentí paz y tranquilidad. Aunque podía sentir su angustia, llanto y desesperación, a mí me dio tranquilidad y una paz interior muy grande. Creo que esto puede estar relacionado con que descubrí que no le tengo miedo a la muerte. Aunque me da mucha tristeza el sufrimiento que le voy a ocasionar a mi familia, me siento tranquila y lista cuando llegue el momento.

  • Tengo otra oportunidad de vivir, compartir y crear más recuerdos. Al parecer no ha llegado mi momento y eso me pone muy feliz. Todavía tengo proyectos de vida pendientes, obviamente a corto y mediano plazo, que me dan sentido de vida.

  • Y el mensaje más importante que me queda es que las palabras expresadas desde el corazón, que reflejen todos los sentimientos sinceros de las personas, tienen una fuerza transformadora que va más allá de lo racional. Son poderosas, renovadoras, infinitas y sanadoras.


Sobra decir que fue una experiencia muy dolorosa y a la vez enriquecedora para toda mi familia. No la olvidaremos nunca. Siento que debo compartir todas estas experiencias, se ha convertido en un propósito de vida que, muy humildemente pienso, puede apoyar a otros para que puedan sobrellevar situaciones de crisis.


Marcela Chaves

Si te gustó este contenido, te invitamos a leer los artículos anteriores de Marcela: Qué hacer para sobreponerse como una verdadera campeona o Ser una guerrera de la vida es tener la actitud de protagonista


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